Alejandro Suárez Castro: Universidad para todos

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Sábado, agosto de 2027, 10 de la noche

Un locutor de bigote espeso y expresión circunspecta anuncia en un boletín informativo que Cuba ha ganado la Gran Batalla de las Ideas y que ya somos una potencia cultural. “Los números hablan”, dice el bigotudo y cita estudios recientes que nos colocan por encima de naciones del Primer Mundo. Después, sin duda para no desentonar, pasan “El evangelio según San Mateo”, de Passolini. Escuchar diálogos en italiano activa en mi cerebro un oscuro mecanismo, tipo reacción en cadena, que me provoca unas ganas tremendas de comer espaguetis.  Como la película acaba pasada la medianoche, decido postergar el banquete para el almuerzo del domingo.

 

Domingo, día siguiente, 10 de la mañana.

Con el pretexto de los espaguetis, llamo a Renata y la invito a almorzar. Acepta pero va a demorar: ha destinado la mañana del domingo a reparar unas grietas que aparecieron en el baño. Tiene la casa llena de albañiles pero en cuanto acaben, seguro viene.

Queda un paquete de espaguetis en mi despensa; en el congelador, residuo de algún almuerzo, hay picadillo de soya. Tendría que salir a conseguir queso y puré de tomate.

Primera estación: mi vecina Coralia, mulata jubilada que sobrevive vendiendo puré de tomate casero. Vive en un tercer piso pero la encuentro en la puerta de su edificio. Por la vestimenta parece que está de salida. Me apuro a interceptarla y con la discreción que requiere el caso, pregunto si le queda alguna botella de lo que ella sabe.

– Tengo, pero más tarde. Es que voy al cine – aclara–. Hoy comienza en la Cinemateca un ciclo de Bergman; “El sétimo sello”, versión restaurada y sin subtítulos; una joya, papito.

Suspiro, mi cara inspira lástima, Coralia se conmueve.

– Pero si es de vida o muerte se lo puedes pedir a mi hermano que está arriba; esa bestia no aprecia el arte. Dile que vas de mi parte, él te conoce.

Me da la espalda y dirige su mirada a un balcón adyacente. Llama a gritos a su vecina Caridad para que se apure. Antes de irse me advierte que el precio de aquello ha subido.

– El ciclón, papito; acabó con la cosecha.

Enfilo hacia el departamento de Coralia en busca de su hermano. Media hora más tarde abandono el edificio con una botella de puré de tomate con etiqueta de vino seco El Mundo; la mitad de la misión está cumplida. Próxima estación: el mercadito de Tyson, donde el amigo homónimo vende queso por su cuenta.

– Muy tarde hermano, los domingos el queso vuela – me dice Tyson sin dejar de resolver un crucigrama.

Al fondo, en el piso, apilados a un costado de unos sacos de papas diminutas, veo unos libros. Por el diseño, son de alguna editorial extranjera; calculo mentalmente, deben ser unos trescientos. Según Tyson, han llegado hace dos días como donación española y la instrucción es repartirlos en forma gratuita entre los usuarios que compren productos normados.

– ¿Libros con viandas y hortalizas? ¿Y por qué solamente con productos normados?

– Así me dijeron de arriba, que es para asegurar la equidad, que si no le gente especula… ¡Tú sabes!

Giro el cuello para leer los lomos, Tyson me ahorra el trabajo:

–  Poesía del Siglo de Oro español.

– ¿Tiene algo de Quevedo?

Tyson sonríe, sabe del tema.

– Fue el primero en acabarse, la gente no es boba asere. Pero tengo Góngora y Calderón.

Ante mi silencio, insiste.

– También tengo papas, son por la libre pero puedo hacer una excepción si te interesa algún librito.

Niego con la cabeza.

– Quiero una libra de queso.

– Si esperas a mañana… –responde. Luego me invita a ceder mi espacio en el mostrador, tiene clientes.

A la salida me intercepta un señor que nos ha escuchado.

– Si le interesa, tengo la antología de Quevedo – susurra –. La estoy ofreciendo en un dólar o su equivalente en pesos.

Parece un oficinista retirado, nadie creería que es comerciante.

– ¿Por casualidad vende queso? – consulto.

Se muestra consternado por no poder responder a la demanda, pero da opciones.

– Puedes preguntar por Felo, el camionero, en el sesenta y cuatro. A él se lo traen de Villa Clara.

Agradezco el dato y me alejo.

Traspaso el umbral del sesenta y cuatro, pregunto por Felo a una anciana que sale.

– Segundo piso, la tercera puerta del pasillo de la derecha–, me informa; luce cansada.

Subo las escaleras oscuras, húmedas y llenas de cables. Toco el timbre de la puerta indicada. Al rato abre un tipo que debe ser Felo. Aparenta unos cincuenta, está sin camisa, lleva el bigote recortado y tiene tatuado en el hombro derecho un gallo demasiado estilizado para ser el tatuaje de un camionero. A pesar de ser casi vecinos, es la primera vez que lo veo. Quizás vive aquí hace poco (o quizás no, son tantas puertas).

– ¿Felo?

– El mismo. ¿Qué se le ofrece? –pregunta sin protocolos.

– Quiero una libra de queso.

Sin hablar, me da la espalda y se pierde detrás de un biombo que divide la salita de lo que al parecer es la cocina. Al rato regresa con un pedazo de queso envuelto en una tela blanca.

– ¿Tiene en qué llevarlo?

Saco una bolsa de nylon del bolsillo trasero del pantalón.

– Mejor no exhibirse.

Vuelvo a mirar el gallo; Felo se da cuenta.

– Es un gallo de Mariano –me dice.

Lo observo, me asombran los detalles, es a todas luces el trabajo de un experto. ¿Será que alguien se gana la vida tatuando los clásicos de la plástica nacional?

– Interesante – le digo y doy un paso para irme.

– No me ha pagado – dice Felo sin inmutarse.

– Perdón, me distraje con el tatuaje – le digo a modo de disculpas.

Reviso en mi billetera y saco un dólar. Felo lo toma y lo observa a trasluz, lo palpa con la yema de los dedos, queda conforme.

Mientras bajo las escaleras llegan hasta mí, in crescendo, los tenebrosos acordes de la Cabalgata de las Valquirias. La música viene de la calle y no deja lugar a dudas: es el camión cisterna que abastece de agua a esta zona de La Habana. De a poco, comienza a alterarse la calma en el edificio. Algunas puertas se abren, se escuchan voces; por mi lado pasan dos niños a toda velocidad y me golpean con unos bidones vacíos. En la calle se arma una cola de unos veinte vecinos, cada uno portando coloridos recipientes y ajenos a los matices de la partitura de Wagner. El chofer es el encargado de velar por la disciplina y optimizar el proceso de modo que se pierda poco líquido. “¡Dos cubos por persona!”, grita para dejar clara las reglas de distribución. Agradezco vivir en uno de los pocos edificios que dispone de agua corriente, aunque sólo sea en las mañanas.

 

Pasado el mediodía queda listo el picadillo; con abundante sal, ajo, cebolla y puré de tomate para matar el sabor obstinado de la soya. El agua de los espaguetis está a punto de hervir cuando llega Renata. Trajo un vino de remolacha que compró por el camino. Lo probamos y a pesar de cierto saborcito áspero, está aceptable. Echamos los espaguetis al agua y tomamos nota mental de la hora. A partir de ahora, siete minutos.

Mientras esperamos Renata va hasta el equipo de música y pone un disco de “NG la banda”.  Suenan los metales y el coro ataca decidido, “Soy de La Habana, soy habanero, Jesús María, Belén, y los Sitio entero’”. Cuando rompe la rumba, Renata baila al compás de la clave y yo la observo excitado. A ella le gustan los clásicos, esos que ya nadie escucha. Cuando baila, mueve los hombros y las caderas y muestra su vientre perfecto de karateca. Por eso me atrae, porque es sensual, impredecible, diferente.

***

Alejandro Suárez Castro, La Habana, Cuba, 1971. Reside en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, desde 1998. Ha publicado los libros de cuentos Desayuno en la cama (Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra, categoría cuento, año 2001),  El mundo de José e Irina, el sexo y la nueva izquierda (Editorial La Hoguera). Su primera novela, El perro en el año del perro (Editorial Universitaria Gabriel René Moreno, 2012), ganó el Concurso por el 450 Aniversario de Santa Cruz de la Sierra.  Relatos suyos fueron publicados en las antologías Domingos por la tarde. Cuentos bolivianos de fútbol (Editorial El Cuervo, Bolivia, 2014) y De la tricolor a la whipala (Editorial Santiago Arcos, Argentina, 2014) y en las revistas digitales Suelta, Círculo de poesía y Otro cielo.

Alejandro Suárez Castro

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