Giovanna Rivero: Regreso

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Una alegría picante me estruja el estómago. No es para menos, regreso a Bolivia después de años incontables. Y cuando todo pinta absolutamente desconocido al punto de sentirme cómoda, aparece War-Rayo y me cita en un café-cabina. A la caída del sol, frente a la Oficina de Bonos, como en los viejos tiempos. Lo de “la caída del sol” es, por supuesto, un eufemismo barato y cruel, una manera de seguir midiendo el tiempo eterno con algo que le reste delirio.

Lo veo llegar y sudo como una pubertad sin control. No me conviene sudar, no solo por esto del olor dulzón, sino sobre todo por la humedad que se presta a un rápido avance de la materia afectada. Ojalá War-Rayo llevara barbijo, e incluso un tubo personal con dosis controladas de silicio azul, como lo hacen muchos en el área. Me acomodo mejor el guante de motociclista que me he agenciado en los Cachivachis (¡siguen ahí, por Dios, en la misma calle!), que solo se me vean las uñas bien limadas, transparentes. Que me vea linda, sana, orbitando en mi Tao, contenta de haber vuelto.

Montado en un par de botas tipo militar War-Rayo cruza la calle a grandes zancadas, se acerca, me obliga a incorporarme, me aprieta los hombros con sus garras de guardián y, contra toda inercia, lleva mi cuerpo hacia el suyo en lo que, más que un abrazo, es un acto instintivo de posesión. Puedo sentir la grasa testosterónica envolviendo su carne y sus huesos. Me rasco la nariz. Malditos nervios.

En su otra vida War-Rayo se llamaba Octavio. Pero comenzó a prestarle atención a la energía cuántica y alguien le dijo que cargar encima de la personalidad temporal un retorcido ocho te condenaba a reciclajes infinitos. Un Auténtico le dijo que, en cambio, ese nuevo nombre tan eléctrico y binario lo vinculaba a sus orígenes, que lo integrara molecularmente a su imaginación, que se convirtiera en él. A mí, su nombre adquirido me llena de ternura, pero no sabría decir por qué. Algunos sonidos o palabras me producen eso, la percusión de la nostalgia por cosas gastadas, el peso leve de poemas descuajados, apenas la cáscara de algo más, una ausencia antiquísima que no consigo identificar. Como ahora, que de una fibra parlante brota esa canción legendaria “I Love You Baby” y me calienta la corteza cerebral.

War-Rayo me separa un poco de su cuerpo denso para observarme mejor.

Estás idéntica, dice.

Sonrío. Me siento culpable por no desmentirlo.

Vos estás idéntico, digo en cambio.

Bebe el último trago de mi taza sin temor a ningún contagio (debe estar masivamente inmunizado); mira las paredes de la cabina con actitud de estrechez. Hay gente que sigue extrañando un útero, critica el servicio intentando ser creativo.

Caminamos sin apuro. Salimos de los barrios hacia las circunvalaciones. Los nuevos bosques son masas pálidas, sin una sola mancha verde que manifieste clorofila. De lejos hay cierta belleza en esa flora ocre, pero a medida que nos acercamos debo aceptar su atrocidad: montes que no terminan de morir bajo la luz lacerante de ese orto maldito de calor venenoso. ¿Será que el niño ha desarrollado otro tipo de defensas?

A War-Rayo le va bien, trabaja para el Programa Mar Total, Rehabilitación del Litoral, una organización con rima y marea relativamente nueva. War-Rayo decide qué familias son aptas para instalarse en las costas, no puede permitir que se infiltre ningún secesionista y menos uno de los pocos extranjerizantes que todavía quedan. Hay quienes darían su mano izquierda por ser desplazado a esas áreas, dice. Imaginan el viento fresco y la orilla blanda; no saben que también esas aguas están enfermas pero son recuperables. Acá lo que importa es que el imperio crece, se expande como una ameba. Toda esa agua ya es nuestra; bueno, suya: a mí hace rato que me dieron muerte civil. Soy, por donde se mire, una post-ciudadana.

“Los quinientos años han valido la pena” se lee en todas partes, en las paredes, en las wiphalas bajo el cóndor altivo de cuello nevado, en los trenes y hasta en alguna nuca adolescente. Lo curioso es que no se hacen tatuajes, se marcan a la antigua usanza, con hierro y Sangre de Drago o alguna otra resina. El resultado es una imagen burda, breves hendiduras en la piel, en las que esa consigna cicatriza con dolor.

Volviste.

Le digo lo que tantas veces he ensayado: Volví para ver a mi hermano. Sé que a él no le otorgaron la custodia del niño, mi hijo, pero que se mantiene en contacto. Estoy aquí con un permiso extraordinario.

Sueno natural. Aun así leo el brillo de la sospecha en sus ojos oscuros, de pupilas excepcionalmente dilatadas por los largos ciclos que pasa en las estaciones subterráneas.

El niño, mi hijo, le pertenece al imperio, tartamudeo, pero quiero verlo. Es un deseo de lo más normal, ¿no creés?

Al niño nunca lo intervinieron, explica War-Rayo después de un silencio que me parece un océano. Las Mamitas vieron por conveniente dejarlo así, con los cuatro brazos. El fracaso de las anteriores guaguas podría deberse a que intentaron corregir lo que los consejeros occidentales consideraron un error genético, pero que en realidad era solo un factor superficial. Él está bien, lo educan. No podrás ver al niño.

Finjo llorar. No me interesa conmoverlo, sino bajar su estado de alerta.

War-Rayo me acaricia el pelo. Quizás de fondo todavía quede el amor. ¿Pero qué amor aguanta quinientos años y tanto fanatismo?, ¿qué amor?

War-Rayo dice que a mi hermano podré verlo, que está tranquilo, equilibrado, lo ayudaron asignándole un cargo en las zonas subterráneas de cultivo, donde están intentando curar la coca después de aquella plaga enviada por los chinos. ¿Yo no escuché nada, acaso, viviendo tanto tiempo en la China?

No, nada supe, tartamudeo.

¿En serio?

Vivo en una villa subacuática, uno de esos edificios sellados como naves o estaciones gigantescas que tanto te alucinaban, pretendo distraerlo.

Miro de reojo mi mano enguantada, acomodo el borde de la tela que se ajusta en el dedo pulgar, donde la carne es más vulnerable. Tengo una semana para ejecutar la misión antes de que la materia suba hasta el hombro y comience a tomar el cuello y pudra los tejidos y el olor avance libre y me delate. Una semana.

En serio, insisto, sosteniendo el peso de su mirada, bloqueando mis propios recuerdos y rencores por si War-Rayo ha aprendido las facultades hipnóticas de las Mamitas. Yo cerré esa puerta, la de la percepción, aunque a veces, como hoy, todavía puedo entrever los tonos del aura, el resplandor sagrado del ajayu. Un halo violeta enmarca la silueta de War-Rayo, pero no podría asegurar que se trate de una vibración incorrupta; he sabido que a los guerreros de mayor rango los entrenan en laboratorios combinados de fotosíntesis y estadios moleculares precisamente para encriptarlos. La legibilidad es un peligro total en estos tiempos. Yo también me he dado mis propios modos para encriptarme. Ni el amor más puro podría, a estas alturas, decodificar lo que se enrosca como una víbora.

Da lo mismo, si buscara algo en mi cerebro se encontraría con la imagen desvalida de una muchacha embarazada cosiéndose el desgajado pezón izquierdo. Una imagen que él conoce muy bien, que lo involucra, que preserva el último hilo magnético entre nuestras antiguas personalidades.

Pero no lo busca. Se relaja y recoge un puñado de alguna florcita mutante que como un milagro expresa algo de color. Es una florcita lila, sin pistilos, una criatura desesperada.

Bienvenida, sonríe.

Yo también sonrío con cuidado. Los músculos no muy amaestrados de mi cara tienden a contraerse en los pómulos cuando experimento un desfase entre el estímulo y el objetivo. Mi objetivo está claro. Discretamente hago añicos la florcita para que su contacto no despierte el pus todavía dormido en mi mano.

A medida que nos acercamos a las cavernas de curación los bosques atroces se hacen más escasos. Llegamos a un borde de tierra dura, donde comienza el descenso. Antes hubo una fuente termal allí, hubo risas y la locura de mi hermano, su locura todavía divertida, cuando decía que con cada acto se registraba en la historia su gran hagiografía, y el acto que más le gustaba era hundir por unos segundos mi cabeza en el agua intensamente tibia y decir mi nombre tres veces. Yo escuchaba mi nombre triplicado por la dimensión del agua, el borboteo de su risa y mis tímpanos a punto de estallar.

Ahora sólo hay tres perros que ladran desde el fondo con las fosas del hocico desmesuradamente abiertas.

Están ciegos, dice War-Rayo, pero así son más útiles, más sensibles.

Los perros ladran con ahínco renovado. La mirada ciega, o mejor dicho, el hocico alerta apuntando hacia algo en el cielo.

Yo también miro hacia eso que los perros delatan: Como una tormenta ondulada de arena negra, una bandada de suchas, terrible en su abundancia, adviene imparable sobre nosotros. Es decir, sobre mí, sobre mi mano, hambrientos, buscando tal vez lo último verdadero.

Apurémonos, le pido a War-Rayo. Aunque no sé si nuestra velocidad, aún humana, será suficiente para llegar y que todo se cumpla.

Damos un brinco hacia la hondonada y los perros se acercan a olisquearme. De la entrepierna a la mano, de la mano a la entrepierna. Pero no hay tiempo para caricias. War-Rayo los aparta haciendo volear la hebilla de su cinturón y, aunque se alejan un poco, luego nos siguen con humildad en lo que queda de la pendiente. Somos una patrulla llena de recíproca desconfianza.

Yo no me atrevo a alzar de nuevo la vista, me basta con distinguir cada vez más claras en la tierra cuarteada las sombras de las jorobas miserables de esos carroñeros.

Seré toda suya, susurro llena de venganza, pero después. Mañana.

***

Giovanna Rivero (Bolivia, 1972) ha publicado los libros de cuentos: Contraluna (2005),  Sangre Dulce/ Sweet Blood (Edición bilingüe inglés-español, La Hoguera 2006), el libro de cuentos para niños  La dueña de nuestros sueños (2002, 2014), y Niñas y detectives (Bartleby 2009), y las novelas Las camaleonas (2001), Tukzon, historias colaterales (2008) y 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya 2014).

Obtuvo el Premio Nacional de Cuento otorgado por Presencia Literaria en 1993, el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz por su colección de relatos “Las bestias” (1996), y el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo el año 2006.

Participó del International Writing Program ofrecido por Iowa University en el otoño de 2004. Se doctoró en literatura hispanoamericana en University of Florida, USA, en 2014.  El año 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Mejor Guardados de América Latina”. También es cronista.

Giovanna Rivero café 2

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