Homero Carvalho Oliva: Retrato de mujer en sepia

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El fotógrafo y la empleada, son aves pasajeras de un siglo que se nos vino encima, son especies en peligro de extinción. Vestigios son de un remoto pasado que se resiste al ocaso. El fotógrafo sabe que es el último de los suyos, sus hijos se cansaron de la miseria y se fueron a conquistar España; de la empleada (sirvienta la llaman las viejas presuntuosas) aún quedan algunas sobreviviendo en los barrios ricos de la ciudad. Ambos tienen su día: el domingo, el domingo es su día. Antes eran los dueños de las plazas y parques de las ciudades, hoy comparten su fingida alegría con saltimbanquis, profetas del fin del mundo y embaucadores de toda laya. En la mañana del domingo, el fotógrafo, sesenta y tantos años contados en las arrugas de su rostro, plancha su pantalón y su camisa remendada, intenta limpiar inútilmente la mágica caja de madera heredada de su padre, con la que toma las imágenes que hace muchos años lo hicieron famoso y recuerda los primeros consejos que éste le daba, advirtiéndole del celo religioso que debía tener al tomar las fotografías porque en ellas está el alma de la gente. Mira las instantáneas color sepia, que están debajo del sucio cristal de los costados de su tomavistas prodigioso, reconoce a unos niños vestidos de vaqueros, a una pareja de enamorados y a seis muchachas solas, vestidas con polleras y blusas de las que usan las mujeres de las montañas y del altiplano. Toma la caja cariñosamente, porque sabe que ya no hay repuesto para la magia, la cubre con un paño desteñido por el sol y la mete en un bolso de nylon, agarra el viejo trípode que, a veces, cojea como él y sale a buscar un autobús para dirigirse a la plaza principal. La empleada, que ya está bañada y bien vestida con su pollera púrpura y su blanca blusa de broderie cuidadosamente bordada, recibe de su patrona unas monedas para el transporte y sale a la calle, como si saliera a la libertad. En la esquina toma el bus y se dirige a la Plaza de Armas. Allá compra un peso de maíz para alimentar a las palomas, un raspadillo para el calor y un algodón de azúcar para la nostalgia. Mientras lo hace se le acercan otros fotógrafos con cámaras de última generación y con impresoras manuales a ofrecerles sus servicios; pero ella espera que el sol esté en lo alto, y cuando las cosas y los seres humanos pierden su sombra con el meridiano, le pide al fotógrafo de la anciana caja que le tome una foto. Por un instante se cruzan sus miradas y se saben iguales en el infortunio. Por eso ella lo busca y él le hace precio. Posa con la Catedral de las postales a sus espaldas y sonríe, sonríe para adentro y para afuera, esperando que el mago le haga la señal encantada para tapar el lente del cofre milagroso y ella clausure su sonrisa. Aguarda un minuto y luego ve como su imagen va apareciendo en el pedazo de cartulina brillosa sumergida en el agua. Le sonríe al viejo artista de los retratos instantáneos, le paga lo convenido y deposita la foto entre sus grandes senos de campesina fértil. Como cada domingo, el abuelo de las imágenes reveladas se pregunta, en silencio, qué hará la muchacha con esta nueva fotografía y ella, adivinando sus pensamientos, le mira como pidiéndole perdón por molestarle nuevamente. Luego se aleja y hace hora para retornar a la casa de sus patrones, camina por la plaza y conversa con otras como ella, recordando con añoranza los lejanos lugares de su infancia. Regresa a la casa y en la soledad de su cuartito, al fondo del patio, recoge una maleta que conserva debajo de la cama, la abre y saca una antigua y oxidada caja metálica de galletas, donde guarda su tesoro: una medalla de la Virgen de Copacabana obsequiada por su madre, una muñeca sin brazo, un anillo de plata que le dio un soldadito que no volvió más por el pueblo, un par de aretes de oro que le compró su padre cuando cumplió quinceaños diciéndole que su hermosura opacaba el brillo del metal y un sobre manila con todas las fotografías que se ha ido tomando desde que llegó a la ciudad. Coloca el último retrato junto con los demás y guarda el sobre en la pequeña arca, segura de que algún día encontrará a alguien a quien abrirle su tesoro y contarle del viejo fotógrafo de la plaza.

***

Homero Carvalho Oliva, Beni, Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional, dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos y La maquinaria de los secretos. Su obra literaria ha sido publicada en otros países y ha sido traducida a varios idiomas; figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales de cuento como Antología del cuento boliviano contemporáneo, The fatman from La Paz e internacionales, como El nuevo cuento latinoamericano de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrelato, España y Se habla español, México; en poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia y en la del Festival de Poesía de Lima, Perú; así como en la antología Poetas del Oriente boliviano de Pedro Shimose. Entre sus poemarios se destacan Los Reinos Dorados y El cazador de sueños y Quipus. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y el 2013 publicó la Antología de Poesía Amazónica de Bolivia y la Antología Bolivia. Tu voz habla en el viento, que reúne a 55 autores, entre ellos a 3 Premios Nobel de Literatura hablando de Bolivia.

Photo by Gabriel Barceló

Photo by Gabriel Barceló

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