Liliana Colanzi: El fin de semana estaré bien

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Un día, después de que pasara lo que pasó, Diego dijo que yo tenía el carácter caprichoso de los hijos únicos. Hacía mucho calor y el aire acondicionado no servía y jugábamos a derretir cubitos de hielo sobre nuestras frentes. Por entonces el daño estaba hecho y lo que quería era alejarme de él a toda velocidad, como si eso fuera posible. Hacía calor y era de día y estábamos desnudos. En la tele pasaban canales pornográficos que ya no nos causaban risa, así que solo nos quedaba el refugio de la música, una cumbia villera sobre una niña a la que violan y matan en un descampado.

No soy hija única, dije, y apagué la radio.

¿Entonces?

No me pasa nada.

No te lo voy a volver a preguntar. Me emputa que las mujeres se hagan las interesantes. ¿Estás enojada?

No.

Ya te pedí disculpas por lo de la otra vez. Estaba borracho.

Y ya te dije que está olvidado.

Las mujeres no son como los hombres. Nunca perdonan de verdad. Admitilo.

Diego se paseaba por el cuarto enseñando su cuerpo duro y flaco. Parecés una muertita, me había dicho un rato antes, y yo había intentado moverme y hacer ruidos y pasarla bien. Nada funcionaba, aunque él me besara en los lugares en los que nadie más presta atención, como en los párpados y en el interior de las muñecas. Olvidate, dijo de repente, y se levantó de la cama para buscar una cerveza en el minibar. Yo traté de cubrirme con la punta de la sábana. Así había comenzado todo.

El doctor me advirtió que podría tener calambres de vez en cuando. Pero la verdad es que no sentí nada, ni entonces ni después. No como antes, cuando Diego venía a buscarme para reconciliarnos y acabábamos haciéndonos acusaciones espantosas por puro aburrimiento. Sos la cosa más linda, me decía Diego cada vez que lo hacíamos en ese motel demasiado grande y demasiado triste y demasiado feo que pagábamos a medias. Y yo sonreía y no decía nada, y cuando Diego me preguntaba en qué pensaba me daba vergüenza decirle la verdad, que estaba contenta dentro de mi propia piel. Una noche incendiamos todos los basureros del barrio. Cuando nos emborrachábamos se nos daba por quemar cosas. Esa vez llegó la policía. Era para morirse de risa, tres patrullas para apagar unos tristes basureros. Nos tuvieron encerrados toda la noche y la pasamos increíble. Al día siguiente llamó mi padre, que estaba en Chile haciéndose examinar el corazón, y me dijo que lo que había hecho era serio y que tenía suerte de que no hubiera acabado peor. Hacía tiempo de eso. No le teníamos miedo a nada. Pero si Diego se enteraba de lo otro, estaba segura de que todo sería distinto.

Debe ser el calor, dije finalmente. Seguro es el calor.

Huevadas, dijo él, herido, y nos callamos, los ojos fijos en las aspas sucias del ventilador.

Faltan quince minutos, dije. ¿Nos quedamos otra hora?

¿Para qué?

Qué sé yo. Para quedarnos.

Ya no es igual cuando estamos juntos. Me siento mal y no sé por qué.

¿Es por mí?

No sé lo que es. No sirvo para estas cosas, dijo Diego, y marcó el número de servicio del motel.

Tráigame la cuenta, ordenó, y empezó a vestirse dándome la espalda. Tan delgado que sus jeans eran de la misma talla que los míos. Nos gustaba intercambiarlos. A veces, también, me dejaba cortarle el pelo con una tijera de cocina.

Nunca le dije que fui yo la que encontró a mi hermano y la que tuvo que descolgarlo. Tampoco le hablé sobre lo otro. No sé por qué, pero me habría gustado que supiera que no era, no había sido, hija única. Mi hermano nunca me llamaba por mi nombre, me decía pitufa, marciana, pingüino. Mi hermano, que me había enseñado a disparar una pistola de balines y a jugar póker y a aguantar la respiración debajo del agua, con el que me quedaba viendo tele cuando mis padres salían, con el que los veía llegar tarde, borrachos, insultándose. Pero ahora ya era tarde para decir esas cosas, para decir nada.

Esta vez pago yo, dijo Diego cuando escuchamos el golpecito del mozo al otro lado de la ventana giratoria. Sacó un par de billetes arrugados de su billetera y los dejó en la charolita plateada. No se atrevía a hablar mirándome a la cara.

Te llamo el fin de semana, dijo luego, y yo asentí y empecé a buscar mi ropa, todavía cubierta a medias por la sábana, mientras él esperaba sentado al borde de la cama, vestido  y dándome la espalda. El fin de semana voy a estar bien, pensé, y vamos a beber y a divertirnos y todo va a volver a ser como antes. Solo tengo que estar bien el fin de semana.

Pero no llamó ese fin de semana ni el siguiente. Y yo nunca le hablé a nadie de mi hermano ni de lo otro, y no volví a ponerme bien. Y pasó el tiempo. Una vez, en una fiesta, alguien incluso nos presentó, como si no nos conociéramos.

***

Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981) ha publicado los libros de cuentos Vacaciones permanentes (2010) y La ola (2014). Editó la antología de relatos Mesías (2013) y coeditó la antología de no-ficción Conductas erráticas (2009). Estudia un doctorado en literatura comparada en la universidad de Cornell.

Liliana Colanzi

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