Magela Baudoin: Sueño vertical

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Soñó que dormía profundamente como lo hacía de muy niña con el discurrir de un cuento en la voz de su madre o cuando reposaba la cabeza en el pecho de su padre y la iba meciendo su ruidosa respiración de fumador. Había sido un alivio cerrar los ojos y dormir un poco, a pesar de la excitación y de las tantas cosas que debía guardar y recordar como todos esos números y direcciones, como el peso de su culpa, como el debutante desgarro de su liberación. Es inexacto decir, sin embargo, que le hubiera sido difícil conciliar el sueño en la víspera. Había pasado largo rato en duermevela escrutando el ventanal de su cuarto, decayendo de rato en rato con el ligero temblor de las luces de la ciudad en lontananza.

—¿Duermes? –el padre, abriendo la puerta de la habitación en un movimiento corto, que dejaba filtrar un triángulo amarillo sobre el piso. Ella no le había respondido, a pesar de haberlo escuchado. No había querido tener que mentir: repasar con él una vez más el itinerario del vuelo, las calles, los buses, las coordenadas del regente escocés a cargo del dormitorio para estudiantes que habían conseguido por una suerte cósmica y que no era más que una confirmación de que todo estaba alineado hacia su porvenir. Conforme se acercaba la hora, era más difícil para ella soportar el recuento. Su padre la miraba rotundo en su orgullo, por una vez ligero en sus expectativas, como si estuviera cosechando ya todos los frutos de su obra de maestro: desarmado y a cada rato a punto de echarse a llorar. Por eso, había cerrado los ojos, fingiendo estar dormida, de vuelta hacia la gran ventana.

El suyo era un ventanal inscrito en una pared infinita de ventanas, organizadas unas sobre otras como cuadros, que exhibían la intimidad de sus sucesos. En frente y a los costados, a distancias poco dramáticas, también se alzaban muros similares entre los cuales se favorecía el voyeurismo porque allí todos gustaban de ser mirados. Se trataba de ventanas escrupulosamente limpias, dispuestas para su nocturna pornografía porque en el día estaban deshabitadas, vacías de gente. De ellas manaban luces artificiales y ambarinas que proporcionaban a cada paisaje interior un maquillado ambiente de utilería, en el que se retrataban las minucias cotidianas, como si se tratase de épicas: homéricas y coloridas épicas, logradas claro, unas con más arte que otras (con más verosimilitud); dependía esto del talento y la prosapia de sus ejecutantes. Por decir, una cena presentada como un banquete de sibaritas, que sobrepasaba el hecho biológico de deglutir. La quimera de cada vida, a la vista, en cada ventana. Y a ella le habían inculcado tanto sospechar del exhibicionismo, que no podía imaginarse a sí misma representando todo el tiempo. No podía, siquiera, mirarse mucho en el espejo. Aunque, en algunas ocasiones y secretamente, sí.

Nada de lo que se exponía en los cuadros era feo, ni en el sentido de la abyección ni en el del horror de la miseria. Y ese propósito –para los suyos huero y vanidoso– tampoco dejaba de seducirla. Los habitantes no se abandonaban a la tosquedad ni siquiera cuando la composición de la ventana refiriese a una tragedia –digamos una muerte– porque estos episodios aciagos constituían también una representación artística del mundo, una imitación estudiada y realizada con meticulosidad y destreza para agradar. ¿Acaso no están predestinados a la admiración los acontecimientos heroicos, por pequeños que estos sean? Eran importantes los objetos, aún en su economía. Pocos pero hermosos. Pocos pero significativos. Pocos pero nunca excesivos en su valor: una tumbona de piel de caballo, un par de libros como fetiches forrados en cuero y puestos sobre una mesa, un pequeño óleo de firma prominente, la lámpara verde de un escritorio o ese nuevo artefacto de líneas ergonómicas, capaz de producir un café perfectamente aromático de Sumatra, pero sin manipular un solo grano.

Ella había creído entender que todo estaba juiciosamente iluminado para suscitar admiración o idolatría, sin importar si las felicitaciones fueran fáciles, los besos vanos o los afectos incapaces. Pero además estaba la tibieza del bienestar, que como es sabido, aclimata, anestesia, aburre… Lo desproporcionado, sin embargo, era el tiempo enorme que dedicaban a componer estos pequeños cuadros nocturnos, en los que las personas pasaban tan poco. Unas escasas horas noctámbulas, luego de un día abocado a la ocre tarea de trabajar, de correr ilimitadamente con el propósito de preparar una vida memorable para después. Nunca para el presente o el ahora. Había en ello una obsesión por el futuro, un cierto miedo. Les perturbaba –como la progresión de una pesadilla– la idea de que ellos o sus sucesores conocieran la vulgaridad en cualquiera de sus fases, especialmente si miseria. La pobreza era la síntesis del horror. Por eso, las ventanas no eran solo una vana ostentación, también constituían su conexión con el mundo que anhelaban y una barrera defensiva frente al mundo que temían.

Su ventana, todas las de su casa, eran una excepción en aquella muralla. Un ventanal vestido con unos cortinajes claros, mas no transparentes. Habitaba allí junto a los suyos en un ambiente impoluto, descontaminado, casi sagrado. Poseían pocos muebles, abundantes libros –torres de volúmenes apilados que ya no cabían en ningún sitio– y un piano de cola antiguo. Ni su hermano menor ni ella habían asistido al colegio nunca, eran sus padres quienes se ocupaban. Maestros los dos en el exterior, se dedicaban a la enseñanza de sus hijos en casa, para evitar la obscenidad de ese otro mundo que repudiaban por su engreimiento, por su indiferencia ante lo que ellos creían verdadero. Apreciaban el valor, la honestidad y la inteligencia. Eran personajes renacentistas, entregando a sus vástagos la manzana del conocimiento para abrirse camino. Discutían pues el método y los contenidos, la evolución de las lecturas y los idiomas. Las ciencias, las artes y también los alivios del cuerpo y del alma. El padre se ocupaba del pasado y procuraba un diálogo con la historia, por lo que mantenía su fe en los clásicos y en las lenguas originales, estableciendo la pertinencia del latín, además de las otras lenguas que le parecían indispensables. La madre, en cambio, no quiso desterrarlos del presente ni hacerlos inhábiles para el futuro, dedicándose a las ciencias en todas sus aplicaciones prácticas. El cine y la música también les sirvieron para preparar el alma de sus guerreros. La muchacha tocaba el piano con un virtuosismo natural que inquietaba. Su hermano, el violín. En algún momento tuvieron que adiestrarlos para protegerse de los ataques de otros niños en el exterior, digamos en el parque, hasta que pudieron aproximarse al mundo como vegetarianos que esquivan el consumo de la carne con naturalidad. Desarrollaron pues, por necesidad defensiva, una fina ironía con la que aprendieron a soslayar los arañazos.

Los padres no solo se empeñaban en mostrarles la belleza. Se esforzaban también en que sus niños pudieran conocer el mundo que ellos consideraban real. Aquel lleno de carencia, al que tampoco pertenecían aunque quisieran engañarse y por el cual ellos habían optado por una vida monacal, que terminó llevándolos con el tiempo al aislamiento y convirtiendo a los niños en especímenes de laboratorio, que los padres siempre tenían el instinto de corregir, de mejorar, de perfeccionar con el cincel de sus creencias.

En ocasiones y animados por la curiosidad infantil, principalmente la de ella, los padres abrían las cortinas con fines pedagógicos y comparativos. Con los años, ella las descorría a escondidas y contemplaba las ventanas. Se preguntaba acerca de la veracidad de ambos mundos y de los otros que desconocía. Se sentía cada vez más como un mensaje encriptado que nadie estaba interesado en descifrar. No en pocas circunstancias se vio impelida a la experimentación del placer, por las puras ganas de goce, pero terminaba fracasando en la austeridad familiar. Pensaba recurrentemente en el peso de los dones de la ilustración. Se preguntaba si no había en la inteligencia, en la erudición, también un principio de distinción y de jactancia. Se reprochaba si el valor y la honestidad no eran también formas crueles de clasificarlo todo y de mostrarse ante el resto. No sabía qué rumbo de aquella cartografía familiar debía seguir. Pero quería, anhelaba como una urgencia, salir y respirar: comparecer ante la vida. Cortar los hilos del plan tejido minuciosamente por años. Fugar de la universidad antigua y venerable, fundada en el siglo XV y en el priorato de una catedral. Olvidar por completo la precisión obsecuente de las matemáticas y la música; arrancarse el corsé. “A mí dadme lo superfluo que lo necesario todo el mundo puede tenerlo”, se había repetido desde la adolescencia como un grito de guerra secreto y a esas horas las letras perdían por completo su sentido, como si hubiese revuelto en su memoria las piezas de un rompecabezas infinito.

Sentía rabia, pero también pena por sus padres. Pensaba en todo cuanto le habían enseñado, en la inutilidad del conocimiento. ¿Puede una criatura traicionar a su creador sin ser condenada?, ¿puede una obra aspirar a ser otra cosa que la soñada por el artista?, se preguntaba la noche antes de partir, en la soledad de su habitación, mirando a través del cristal las ventanas como cuadros.

Se levantó de la cama, caminó hacia el vidrio y observó detenidamente la calle, en lo bajo. En la acera, una mujer se encogía sobre sí misma con los pies descalzos en el piso de piedra. A su lado yacía un discreto bulto humano. Imaginó que la mujer se había puesto a llorar de frío, porque así lloran los que llegan a ningún sitio: de frío… No se guarecía del viento únicamente, también lo hacía de la luz, que lo denunciaba todo con su pátina: los basurales, la calle intransitada, los perros, las equinas y las ventanas. El camino natural hacia el mañana era el miedo y la épica del mundo era, en efecto, el reverso de la miseria. El faro lunar a esas horas era decadente. La muchacha también sintió frío, como una premonición, pero no se detuvo. Dormía profundamente o quizás no dormía, solo estaba mirando por la ventana.

***

Magela Baudoin (1973). Escritora, periodista y docente universitaria boliviano-venezolana, reside en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) desde 2005. Es fundadora, coordinadora y profesora del Diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz. Es autora del libro de entrevistas Mujeres de Costado (Plural, 2010), del libro de cuentos La composición de la sal (Plural, 2014) y su novela El sonido de la H ganó el Premio Nacional de Novela 2014 (Santillana-Bolivia). Ha sido periodista y colaboradora en distintos periódicos bolivianos. Y sus cuentos y reseñas han sido recopilados en varias antologías y en revistas digitales especializadas en literatura como Escritores del mundo (Argentina), Otro Cielo (Argentina), Suelta (Guatemala) y Círculo de Poesía (México). Actualmente trabaja en una nueva novela.

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Magela Baudoin

 

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