Maximiliano Barrientos: Capítulo de “La desaparición del paisaje”

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La primera vez que vi el mar fue un año antes de que mi madre enfermara y muriera. Fuimos a Necochea. Mi madre propuso ir a algunas playas de Brasil, pero mi padre dijo que mejor sería ir a Argentina ya que no tendríamos ninguna dificultad con el idioma. Después de dejar el equipaje en el Aparthotel, corrimos en la arena. Había cientos de personas, todas semidesnudas, tenían los cuerpos bronceados como no los habíamos visto nunca. Mis viejos se quedaron sentados en una mesa con sombrilla protegiéndose del sol. Fabia dio unos pasos y dejó que el agua mojara sus pies. A lo lejos un barco petrolero estaba varado. Era inmenso, parecía un edificio de acero flotante.

¿Sabés cuánta gente se ahogó en el mar?, le pregunté a Fabia.

No.

Millones, dije.

Dio unos pasos y una ola la hizo caer y la cubrió de espuma, reapareció a los segundos, el pelo mojado caía sobre su cara. Iba a ponerse a llorar pero se contuvo. Fui a su encuentro y me zambullí y aparecí a los metros. El agua cubría mi cintura. Fabia se volteó y se fijó en mi padre y en mi madre, nos veían a lo lejos, hacían señas para que nos adentráramos, para que perdiéramos el miedo.

 

Al segundo día Fabia se extravió. Recogía conchas y en un momento de descuido la perdimos de vista. La encontramos a las horas, lloraba, una señora alemana le sostenía una mano. Al ver a mi padre corrió y lo abrazó. Era la primera vez que vi a los dos estrecharse con tanta fuerza, sin ningún tipo de pudor. Fabia extendió los brazos y mi padre la alzó y le dijo en el oído que todo había pasado, que no tenía que preocuparse por nada.

Ya estás de vuelta, dijo, no te vamos a perder otra vez.

Mi madre le agradeció a la mujer que la halló, hablaba un castellano rudimentario y apenas podía explicar dónde había encontrado a mi hermana. El resto de la tarde Fabia la pasó callada, le costaba comunicarse, tenía miedo de caminar sola y no se desprendía de donde mi padre estaba sentado. Hasta entonces él no se había metido en el mar, pasaba las tardes bebiendo cerveza y mirando esa acumulación monstruosa de agua desde la seguridad de la mesa con sombrilla. Mi madre se bañaba sola y luego se tendía en una toalla dispuesta en la arena para broncearse. Se colocaba gafas negras que le cubrían buena parte del rostro y quedaba dormida a los minutos. Fabia pasó la tarde del reencuentro limpiando conchas y clasificándolas de acuerdo a su forma y tamaño. Una vez que estaban limpias, las ponía sobre una tela.

Te voy a enseñar a nadar, dijo mi padre.

Fabia negó con la cabeza y siguió trabajando en las conchas: las pulía con una servilleta de papel hasta que les quitaba el último grano de arena, era obsesiva con la limpieza. Mi padre se levantó del asiento y se agachó. Sostuvo el mentón de Fabia con dos dedos y la obligó a mirarlo.

No te va a pasar nada, yo voy a estar ahí, a tu lado, dijo.

Fabia, sin pronunciar palabras, volvió a negar con la cabeza.

Mi padre agarró una de sus manos y la llevó hasta la orilla del mar. Fabia lo abrazó de la cintura, dijo que no. En cualquier segundo se pondría a llorar.

Es sólo agua, un montón de agua, explicó mi padre.

Se sumergió. Fabia lo esperaba a unos metros, indecisa. Se volcó y me vio sentado en la arena. Mi madre seguía durmiendo al sol.

Entrá, dije.

Fabia dio unos pasos y cuando el agua mojó sus tobillos, corrió de vuelta a donde yo estaba sentado. Mi padre la esperaba ansioso, el agua cubría sus rodillas. El sol cambiaba el color de su pelo.

Vení, dije.

Sostuve una de sus manos y caminamos hasta el mar.

Es muy fría, se quejó Fabia.

Mi padre la alzó. Fabia pataleó, pero al cabo de unos segundos se relajó. La acostó de espaldas en el agua, la sostuvo con firmeza.

No va a pasar nada, dijo.

Fabia cerró los ojos y luego los abrió de golpe, el agua mojaba su pelo. Estiraba el cuello para no atragantarse con la espuma que ocasionalmente entraba en su boca. Respiraba ansiosa. El sol se diseminaba en sus ojos, en su rostro blanco, cubierto de pecas. Borraba sus rasgos, la enceguecía.

Ves, dijo mi padre. Con calma. Así nadie se ahoga.

Cuando ella adquirió confianza, la dejó libre. Fabia dio unos pasos, el agua llegaba hasta su barbilla. Sostuve una de sus manos. Mi padre se adentró en lo profundo y apareció a lo lejos. Fabia lo llamó, quiso ir tras él pero le dije que se quedara quieta.

Es peligroso, expliqué.

Pensé que no iba a verlos nunca más, dijo. Pensé que tendría que vivir sola, aquí, con la mujer que me pilló.

Bah, no seás opa.

Se limpió la nariz pasándose el reverso de su mano derecha.

¿Tenés frío?, pregunté.

Negó con la cabeza. Mi padre nos miraba desde lejos, era la persona que más se había adentrado en el océano. Se borraba, se volvía invisible. El olor que se concentró en el aire era a podrido, a peces muertos, descompuestos luego de horas de exposición al sol.

Pa, gritó Fabia.

Ya va a volver.

Oscilaba en el agua, se sumergía y aparecía cada vez más lejos.

¿Hay peces abajo?, preguntó Fabia.

Hay. Nadan muy cerca del suelo, por eso no podés verlos.

¿De colores?

De todos colores.

Quiero ver, dijo, y se adentró en el mar, pero una ola volvió a hundirla. Cuando la saqué iba a ponerse a llorar pero se contuvo.

Opa, dije. No podés meterte así como así, es peligroso.

Tosió, escupió agua. Tenía los ojos colorados, teñidos de miedo.

 

Unas horas después, tarde en la noche, desperté y fui a tomar agua en el baño. El Apartahotel donde nos hospedamos estaba en silencio. Entré en el dormitorio de mis padres y no los encontré. Me senté en la cama. Encendí el televisor y cambié canales. Todos eran locales. Películas, series, programas donde entrevistaban a gente de la farándula. Quité el volumen pero lo dejé encendido. Desde una de las amplias ventanas observé el mar. Era negro, no se distinguía del cielo. Entré en el cuarto de Fabia y tampoco la encontré. Su cama estaba desordenada, en su velador había un vaso de agua a medio llenar.

Fabia, dije.

No obtuve respuesta. Entré en el baño pero tampoco estaba ahí, volví al cuarto de mis padres y me topé con el televisor encendido. Me puse unos pantalones y abandoné el apartahotel. Recorrí los pasillos, la llamé pero no estaba en ninguna parte. Cuando volvía, la vi. Estaba descalza, vestía calzones y una polera que dejaba al descubierto su ombligo. Miraba fijamente una habitación cualquiera que tenía la puerta abierta.

Fabia, dije.

No respondió. De tanto en tanto enroscaba un mechón de pelo. Me acerqué a donde estaba parada y observé lo que veía con tanta fascinación: un hombre obeso se había ahorcado con su cinturón. Tenía aproximadamente cincuenta años, estaba descalzo, sus pies parecían empanadas, los dedos eran diminutos, se perdían en ese exceso de grasa que se moldeaba alrededor de sus huesos y músculos. Sus ojos estaban deshabitados, eran limpios, como los de una vaca.

Volvamos, dije.

Fabia me miró y luego volvió a ver al hombre muerto. Era el primer cadáver que veíamos. Oscilaba en el aire. Todavía no había empezado a oler, pero mi cabeza se llenaba con el recuerdo del olor que saturaba el aire del mar: a peces amontonados, abiertos, con las vísceras expuestas al sol, comenzando a podrirse.

Volvamos, repetí con miedo.

La llevé de vuelta en contra de su voluntad, se quejó, dijo que no quería regresar. Esa noche estuvimos despiertos hasta que mis padres regresaron de una fiesta en la discoteca. Los dos habían bebido y se tambaleaban al caminar. Estaban alegres. Antes de que abrieran la puerta del dormitorio, escuchamos la risa de mi madre. Le reprochaba en juego algo a mi padre. El bronceado que adquirieron durante la tarde los había rejuvenecido. Apenas protestaron al vernos despiertos, recostados en su cama.

Vayan a dormir, dijo mi madre.

Los resplandores del televisor llenaban la habitación, la teñían de colores. Fabia fue a su cuarto sin contarles lo que vio. Mi padre se desvistió y se echó en la cama. Mi madre entró en el baño, la escuché orinar. Escuché la ducha. Mi padre ya estaba dormido cuando ella salió envuelta en una toalla.

Andate a dormir, dijo.

Quiero quedarme un rato.

Ya estás grande pa estar entre nosotros a estas horas.

Quiero quedarme un rato más, insistí.

Comenzó a secarse el pelo con una toalla. Cambié canales, las imágenes se sucedieron unas a otras. Cuando apagué el televisor, el silencio que repentinamente se hizo fue difícil. Muchos años después, el silencio que se hacía cuando apagaba el televisor en cada una de las habitaciones donde estuve me traía de vuelta a ese momento, a las últimas vacaciones cuando mi familia estaba intacta, cuando mi padre no se había vuelto ese hombre iracundo y autodestructivo, cuando mi madre arreglaba todo alrededor con sólo estar presente. Ese silencio que acontecía en hoteles removía algo dentro de mi cabeza, como si nunca hubiera dejado de ser niño y el hombre obeso que se había ahorcado me hablara, susurrara palabras de una dulzura asquerosa en mis oídos.

¿Te estás divirtiendo?, preguntó mi madre cuando acabó de secarse el pelo.

Sí, dije.

Sonrió, pensé que iba a decir algo más pero quedó callada. Me dio la espalda, buscó su camisón en la maleta abierta que yacía en el suelo. La vi agacharse y revolver entre su ropa. Recosté mi cabeza junto a la de mi padre y cerré los ojos porque sabía que mi madre estaba desnuda en la oscuridad.

***

Maximiliano Barrientos nació en Santa Cruz de la Sierra, en 1979. Publicó los libros de cuentos Diario (2009, editorial El Cuervo) y Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011, editorial Periférica), y las novelas Hoteles (2011, editorial Periférica), que se tradujo al portugués en la colección Otra Lingua, de la editorial brasileña Rocco, y La desaparición del paisaje (2015, editorial Periférica).

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