Saúl Montaño: Ese día al oír los martillazos

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Ese día al oír los martillazos que venían de la habitación de mis vecinos tuve ganas de llorar y de que alguien me consuele. Estaba sin ropa bajo las frazadas, atenta a los golpes, cuando sonó el teléfono. Lo miré timbrar tres veces sobre el velador.

—Sí… aló -dije alargando la i y la o— tenía la cabeza cubierta por la frazada—, era Roger, lo imaginé sonriendo de pie en la calle, mientras decía que había llegado a la ciudad.

—Estoy chuta en mi habitación—dije para provocarlo. Roger rió con su voz grave que hacía que me derritiera. Bromeamos con la idea de un encuentro. Nos imaginé echados sobre la cama de un motel observándonos en el espejo del techo.

Luego colgamos.

Los martillazos cesaron y mi habitación quedó en silencio. Fui al espejo, me miré de frente y de perfil. Opté por ponerme una chompa de alpaca.  Sabía que dejaba pelitos donde me apoyara. Se me ocurrió que cuando estuviera con Víctor me le apegaría a ronronear como un gato. Llevaba seis meses saliendo con él. Lo había conocido en el trabajo, y si mis sospechas eran ciertas, lo despidieron del bufete porque se enteraron que cogimos un par de veces en la oficina cuando no había nadie: en el sofá de cuero del jefe, rodeados de expedientes, libros de derecho y códigos.

Largué el agua de la taza del baño y recordé que la noche anterior había visto en el noticiero que el termómetro marcaba 8 °C. Era la semana más fría del año. Me puse las zapatillas entusiasmada con la idea de verme afuera abrigada por el tejido de un animal altiplánico. Ya fuera, en la calle, me agradó comprobar el aire frío sobre las partes expuesta de mi piel, las manos, mis mejillas, contrastando con la sensación cálida de la chompa que abrigaba mi torso y mis brazos.

Un par de taxis pasaron: sus conductores aferrados a los volantes.

Un cacharro se detuvo. En el asiento trasero reparé que una de las cosas que me incomodaba y no me había dado plenamente cuenta era que me molestaba la costura de mi media izquierda y que el calzón lo tenía resbalado en el culo. Observé por el retrovisor la cara del conductor: un tipo de barba rala y ojos de perro enfermo. Me buscó conversación: le respondí con monosílabos. Me dije que si hubiese sido de noche no habría subido al taxi, ya que durante el día el hombre con polera del Real Madrid es menos violador que a medianoche. En mi celular marqué el número de Víctor –su departamento estaba ubicado en el segundo anillo en una zona donde hay universitarios brasileños: tipos y tipas que casi siempre hablan a gritos–, quería decirle que me esperara en el portón. El taxi se detuvo ¿Hablaba de los brasileños? Dos de ellos salían del edificio: un mulato con una tipa de piel blanca como la leche; apenas me miraron. En otras ocasiones nos habíamos visto, por eso dejaron el portón abierto.

Encontré a Víctor en penumbras. El depto despedía un olor a encierro y a sudor. Él estaba frente a la computadora con la cara hinchada, supuse que acababa despertar. Me acerqué y lo envolví con mis brazos, puse mi mejilla a la suya, me dio un beso; su aliento apestaba.

—Lavate la boca —dije. Frunció la cara rechazando mi pedido.

Continuó frente a la compu. Corrí las cortinas. Quise largarme, dejarlo allí. ¿Cuál era la razón por la que debía quedarme? Imaginé lo que sucedería después: él inamovible frente al monitor, yo poniendo en orden el depto y aún más tarde yo en la cocina preparando algo de comer.

—Che, hoy deberíamos salir —dije.

Su respuesta fue un carraspeo.

—¿Escuchaste?

—Sabés que no estoy para muchos gastos.

Callé un rato y luego, a media voz, dije:

—Yo invito, animate.

—No —dijo. —Si lo que tenés es flojera, yo voy a preparar algo de comer.

“Marica ingrato”, pensé.

—Me voy —dije. Pero no lo hice, me quedé en el sofá viendo su nuca, su espalda. Detestaba el lunar que tenía encima de su labio superior. Me concentré en ese punto que pese a no verlo lo tenía presente. Le imaginé pelitos diminutos que se inclinaban cada vez que aspiraba aire por su nariz. Estuvimos un rato así, luego se levantó. Yo me calmé un poco. Me distrajo pensar en Roger y en qué hubiese pasado si le hubiera pedido que fuera a mi depto. Después pensé en los muebles de mi habitación. En que quería cambiarlos de posición para darme un nuevo ambiente.

Escuché a Víctor freír carne en la cocina. Encendí la tele, pasaban el resumen de Divinas y Famosos, una de esas tipas desfilaba y la cámara se detenía en sus nalgotas.

Víctor trajo dos platos a la mesita del living.

—Acercate, chiquita —dijo. —Te enojás de huevadas. Se arrimó a mí, cortó un pedazo de carne, un pedacito de pan, les puso mayonesa y kétchup.

—Sos malo conmigo —le dije. Puso el tenedor frente a mi cara. Fruncí los labios como si fuera una peladita.

—Yo vengo e intento pasar un rato agradable con vos…

Di el bocado.

—…y luego querés arreglar la cosas… —Con un polvo iba a decir, ya que sabía lo que iba a pasar. Dejó el tenedor sobre el plato y me abrazó. Me amasó una teta. Se acostó sobre mí sin dejar de besarme.

—A veces me siento… Cuántas veces conversamos esta semana –le dije al oído. Y comenzó a jadear. Pensé en el hecho de que tenía los labios tibios. ¿Estaría por enfermar? Me dejé llevar. Minutos después lo aparté de mí.

—Andá bañate —dije.

—Es justo —respondió. En la tele las conductoras hablaban de un vestido Chanel que se había puesto la hija del presidente. La chica se parecía a una compañera que tuve hace años en el colegio. Comí del plato. Me eché en el sofá. Esta vez no arreglaría el depto. Ni siquiera llevé el plato a la cocina. Cuando Víctor salió de la ducha, seguí sus pasos hasta su habitación. Lo miré cambiarse: se puso jeans y sudadera.

—Oye, quiero dar unas vueltas —dijo. Apareció otra vez su voz áspera. Apagó la compu. ¿Acaso podía entenderlo? Me molesté conmigo misma por salir con un tipo de un carácter tan mierda.

—Ajá, así me llevás, tengo cosas que hacer —mentí.

En las calles y avenidas encontramos poco movimiento. Circulaban vehículos igual al nuestro que parecían perder el tiempo en un domingo al pedo. Víctor conducía y yo miraba por la ventanilla. En silencio yo había decidido que llamaría a Roger.

Avanzamos derecho siguiendo la avenida del cuarto anillo. Por el canal corría suave el agua media verde, viscosa, pensé. Le iba a preguntar a Víctor por los mendigos que se quedaban a dormir en la calle cuando llegaba el invierno. ¿Y los hombres topos? ¿Esos qué hacen?

Entramos a mi calle. Estacionamos el auto detrás de un camión de mudanza; miramos un rato a dos tipos que cargaron con dificultad una heladera.

El auto se apagó.

—¿Quién se va? —preguntó.

—No sé, los de al lado —dije, recordando los martillazos.

Los tipos bajaron del camión. Entraron a la casa.

—Me voy a quedar con vos —le dije a Víctor. Giró la llave y el auto chirrió. Este es mi novio, pensé. Estrujé las palmas de mi mano en la chompa, y miré los pelitos que quedaron entre mis dedos.

***

Saúl Montaño (1985) nació en Camiri, Bolivia. En 2012 ganó el VI Premio Nacional Noveles Escritores, con el libro de cuentos Una bandada de pollos en el firmamento, organizado por la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz. En 2014 integró las antologías Voces -30 Nueva narrativa latinoamericana, editada por Ebooks Patagonia y Domingos por la tarde: cuentos bolivianos de fútbol, en la editorial El Cuervo. Tiene relatos publicados en las revistas: Letras Libres, Suelta y 88 Grados. Montaño vive actualmente en Santa Cruz de la Sierra. Prepara un libro de cuentos.

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Saúl Montaño

 

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