Acecho, de José Ignacio Valenzuela

El cielo cargado de grises se quiebra con el primer trueno y la lluvia comienza a inundar el valle. El zumbido de la lanza se confunde con el grito de caza, y nadie la ve sobrevolar por encima del follaje ni tampoco penetrar la carne guerrera. El cuerpo deja una huella de sangre en la tierra húmeda antes de desplomarse junto a la boca de la caverna. Entonces, dos manos se aferran a los pelos y lo arrastran hasta la fogata que empieza a apagarse.

El cuchillo de piedra se hunde y separa la carne. Corta. Cercena. Reduce.

La noche ha caído con su incendio más allá de las montañas. El horizonte es un cordón de fuego. Luego, una hilera de brasas. Más tarde, sólo un puñado de cenizas. Las manos han terminado su trabajo. Otras manos se encargan de la piel. Dentro de la cueva, al amparo de la lluvia, restriegan los cueros para hacerlos brillar. La carne se ennegrecerse entre las llamas.

El hombre está contento: la caza alegra al clan. Son varios ojos que brillan a su lado y que celebran la habilidad de su lanza.

El alba lo sorprende con la vista pendiente en esa luz amarilla que crece y que se derrama hasta el montón de huesos blancos que aún permanecen tibios. El agua se eleva en vahos transparentes que se quedan entre el cielo y la tierra.

Empuña su arma: huele el sudor lejano de la nueva presa.

Su deambular por la misma zona ha abierto una huella entre las hojas mojadas de sudor. La mano espanta un enjambre que le nubla los ojos. Raíces que abren la tierra en busca de más alimento entretejen el suelo con su aceite pegajoso, y salta, aferrado a los troncos, para esquivarlas. La lanza cruzada sobre el pecho lo hiere en cada paso.

Un primer movimiento lo alerta.

A pocos pasos.

Una carrera que no ve, pero que alcanza a oír, desordena el follaje. Pudo ser un fruto al caer desde la rama. Está con las manos firmes junto al cuerpo, tensas, los dedos tan mortales como las puntas de piedra de sus flechas. La respiración vegetal, que descontrola el vuelo de insectos y pájaros, le humedece la pintura del rostro y parece ablandarle cada pliegue de piel.

Un crujido junto al árbol.

Ahora a sus espaldas.

Limpia sus ojos de un manotazo y se desplaza sin despegar la vista de las hojas que ocultan su presa.

Algo roza su cabeza con un latigazo inesperado: en forma instintiva eleva la lanza hacia el cielo y cierra con fuerza los ojos.

No se mueve.

Algo vibra, todavía ensartado en el arma.

Un pájaro chilla, con el cuerpo salpicado de plumas rojas. Unta las manos en la sangre y se pinta el rostro. Ahora sí: tiene el poder.

Presiente en su piel las respiraciones que lo tienen cercado.

El vapor de la lluvia le hunde los pies en el barro. Intenta mirar hacia el suelo cuando el follaje que tiene al frente se estremece, se esfuma junto con la niebla, y la primera sombra se precipita sobre él. Cae de espaldas. Su mano tantea en busca del arma, pero sólo encuentra pequeños cuerpos resbalosos, tierra y raíces que no se dejan arrancar. Cegado, no ve cuando algo le penetra el muslo. Siente un segundo cuerpo caerle encima. El dolor en la pierna le llena de luz los ojos por dentro. Tampoco siente el rugido de guerra que se le clava en el cuello y le raja la piel.

Termina de cerrar los ojos en medio de una poza caliente.

Antes de ser entregado a otras manos, el cuerpo deja una huella de sangre en la tierra oscura.

Han recogido su lanza.

Ahora, buscarán otra presa.

***

José Ignacio Valenzuela ha desarrollado una vasta carrera como escritor y guionista de cine y televisión en Chile, México, Puerto Rico y Estados Unidos. Entre sus libros destacan El filo de tu piel (2009), La Trilogía del Malamor (2011), Salida de Emergencia (2012) y La Mujer Infinita (2010) que será llevado al cine por la destacada directora Lucía Puenzo. El 2012 fue seleccionado por la revista About.com (del New York Times) como uno de los 10 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. Para la televisión ha escrito más de dieciocho telenovelas, entre las cuales se cuentan La casa de al lado (2010), Dama y obrero (2012) y Santa Diabla (2013), que cosecharon altísimos niveles de audiencia y una gran variedad de premios internacionales. La serie de televisión Amores (2004), que creó y desarrolló, recibió una nominación de los Emmy 2005 por “Mejor guión”. La película Miente (2008), cuyo guión escribió, fue la representante de Puerto Rico en los premios Oscar 2009. En la actualidad divide su tiempo entre sus labores de escritor, la docencia, y las numerosas conferencias y seminarios que imparte en diferentes países de Latinoamérica.

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